María:la madre de Jesús

«Se trataba de una especie de acción combinada de entendimiento: ella rezaba, Jesús actuaba; Jesús predicaba y hacía milagros, ella colaboraba con todo el sacrificio de sí misma». (G. Venturini, La Donna di Nazareth, Génova 1988, 105).

James Tissot, 1836-1902 La Anunciación

El dato bíblico sobre las dos estancias de María en Cafarnaún es, como siempre, muy sintético pero de contenido inagotable y siempre rico en sorpresas. Podemos analizarlo sin fin (Sal 119, 96; Sab 7, 14), para nuestra edificación y consolación (Hch 20, 32; Rm 15, 4).
La primera estancia nos viene referida por un testimonio ocular: el apóstol san Juan, el benjamín de Jesús (Jn 19,26), el discípulo que más se parecía al Maestro, como pensaban san Efrén el Sirio (De virg. 25,9) y María Valltorta (o. c. 11,54 y 434).
«Después de este suceso, bajó hasta Cafarnaún junto con su madre, los hermanos y sus discípulos, y se detuvieron allí unos pocos días» (Jn 2,12). Fue por tanto, una estancia breve, de «pocos días»; tuvo lugar, con toda probabilidad, en la casa de Simón Pedro (Mc 1,29; 2, I); y no tuvieron que ocurrir episodios desagradables. Cafarnaún, como Nazaret, no ha desilusionado todavía a Jesús, esto sucederá más tarde (Lc 4,22ss; 10, 15; Mt 11, 23s).
Es superfluo decir que el Señor y, con él su Madre, vayan a Cafarnaún como a Caná y otros sitios, únicamente para hacer el bien (Lc 1, 39ss; 4, 31 ss; Hch 10,38). «Cada cosa hecha por Jesús es un misterio y sirve para nuestra salvación», nos recuerda san Jerónimo (In Marcum 11, 1-10).
Respecto a la Virgen, en esta primera visita a Cafarnaún continúa con la obra iniciada oficialmente en Caná, la de mediadora de todas las gracias y educadora de los hermanos y discípulos del Hijo. Así, María, la mujer fiel, rescata y eleva a lo sublime la vocación femenina: sembrar en todas partes la bondad y la alegría (Lc 1,39ss; Jn 2, 1ss); mientras que Eva, la mujer infiel, siembra por todas partes división y dolor (Gén 3,6ss; Sir 25, 12ss). Naturalmente, aquí como en otros lugares, la Madre lo hace todo en perfecta sintonía con el Hijo. Los dos aparecen inseparables ya en el Evangelio, como lo serán después en la Liturgia y en la vida auténtica de la Iglesia. Esto es lo que los místicos, estos poetas del mundo espiritual, nos enseñan desde siempre.
Por lo que María, siempre entregada completamente a la persona y a la obra del Hijo, está en Cafarnaún «sirviendo al misterio de la redención, bajo Él y con Él» (LG 56), haciéndolo todo de puntillas. Por otra parte, su presencia, por muy discreta que sea, es siempre visible. Así los habitantes del poblado pudieron verla y aprender a conocerla, al menos de cara, tanto que un día pudieron decir: «De él conocemos... la madre» (Jn 6,42).
La segunda estancia es recogida por los sinópticos, especialmente por san Marcos, que la desarrolla ampliamente, por lo que damos preferencia a su relato. Pero, antes, unas palabras de ambientación.
Jesús es un hijo diferente de los demás hijos y, además, contestado por los jefes religiosos y políticos del país (Mc 2,6ss; 3,2.6.22ss). La Madre le sigue como puede y acude cada vez que la intuición materna le hace presentir un peligro. En un cierto momento, el incómodo profeta es tachado de loco, con la intención evidente de hacer que desaparezca (Mc 3,21). Sabemos que entre loco y delincuente la diferencia es mínima a efectos prácticos: ambos son encarcelados, considerados peligrosos para el orden público…
De aquí viene la preocupación de los familiares y, en particular, de la Madre, de aquella que «todos sus pensamientos dirigió siempre y únicamente al Hijo de Dios y suyo» (S. Bernardino de Siena).

James Tissot, 1836-1902 La exhortación a los Apóstoles

«Llegan mientras tanto su madre y sus hermanos y, estando fuera, mandaron llamarlo, mientras una multitud estaba sentada alrededor de Él. Le dijeron: - Están aquí fuera tu madre, tus hermanos y tus hermanas, que te están buscando-. Pero él les respondió: - ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? - Por lo que, fijando la mirada sobre los que estaban sentados a su alrededor, dijo: - ¡Aquí están mi madre y mis hermanos! Porque quien haga la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre –“(Mc 3,20-21. 31-35).
Naturalmente debemos distinguir a la Madre del resto de familiares del Señor; estos, desgraciadamente, no creen en Él (Jn 7,6); Ella, en cambio, es la creyente «bienaventurada» y ejemplar (Lc 1,45); tanto que un día el mismo Hijo la entregará como «madre» y sostén de la nueva familia que empezó a formarse (Jn 19,26s). Él, por su parte, no se deja ganar en generosidad (Mc 1 0,29s). Así como la Madre nos lleva y nos entrega a su Hijo (Jn 2,5), así el Hijo nos lleva y nos entrega a la Madre (Jn 19,26). Y los verdaderos creyentes, tal y como acogen a Jesús de María, acogen también a María de Jesús (Lc 1,42s; Jn 19,27), haciéndose partícipes de su binaventuranza filial. La Virgen Madre, de hecho, es el don más exquisito del Padre celeste al Hijo hecho hombre y, en él, a todos los creyentes. «¿Quién es más bella y dulce que María?» (San Gabriel de la Dolorosa). Y, sobre todo, «la mejor de las madres» (papa Juan Pablo II).
De esta manera, la Iglesia Católica, guiada por el Espíritu de la verdad (Jn 16,13), ha entendido siempre el episodio antes citado en unión con otro similar (Lc 11,27ss): «Durante su predicación, (la Madre) reunió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino que está por encima de las relaciones y de los vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y custodian la palabra de Dios (cf. Mc 3,35; Lc 11,27ss), como Ella fielmente hacía» (cf. Lc 2,19.51; LG 58); Ella, que era «la Virgen que escucha» (Mar. cultus 17), «la primera discípula de su Hijo», antes por tiempo y por calidad (R. Mater 20), es decir «la primera de la clase» (G. Meaolo).
A su vez, santa Teresita observa con fina intuición la alegría de la Virgen por las palabras de Jesús sobre el parentesco espiritual: «¡Oh Virgen inmaculada, oh madre dulcísima! Tú no te entristeces escuchando a Jesús. Al contrario, te alegras de que Él nos explique que nuestra alma será su familia aquí abajo. Sí, te alegras de que nos entregue su vida, los tesoros infinitos de su divinidad. ¿Cómo no amarte, no bendecirte, oh María, por esta generosidad tuya hacia nosotros?» (Poesías 34,21; Ed. Ancora 1968, 230).
La Virgen es madre y, como tal, no conoce celos ni rivalidad. Es existencia pura de amor por nosotros, hijos en el Hijo (Gal 3,26); se entrega a todos según la necesidad de cada uno (Hch 1,14; 4,35). Por ello, «la Iglesia Católica, guiada por el Espíritu Santo, con afecto de piedad filial la venera como madre amantísima» (LG 53), «madre amantísima» (Pablo VI, Disc. 21-11-64), y la imita «como su figura y excelentísimo modelo de fe y de caridad» (LG 53).

James Tissot, 1836-1902 La Santísima Virgen en la Edad Antigua

María es nuestro modelo, precisó Pablo VI, «porque, en su condición concreta de vida, Ella se adhirió total y conscientemente a la voluntad de Dios (cf. Lc 1,38); porque acogió su palabra y la puso en práctica; porque sus acciones estaban movidas por la caridad y el espíritu de servicio; porque, en resumen, fue la primera y más perfecta seguidora de Cristo y esto tiene un valor ejemplar, universal y permanente» (Mar. cultus 35).
Ce ella, madre y modelo, podemos y debemos aprender cómo se vive la fe cristiana, cómo se transforma en Iglesia, es decir, humanidad auténtica e integral, liberada y movida hacia lo divino. Y es Él mismo, Jesús, quien lo quiere. En Caná, la Madre nos ha llevado a la escuela del Hijo (Jn 2,5); aquí, en Cafarnaún, es el Hijo quien nos lleva a la escuela de la Madre. Él quiere que aprendamos de ella a ser familia, es decir «hermano, hermana y madre» (Mc 3,35). Y esto se realiza compartiendo aquel sí a la «palabra-voluntad de Dios» (Lc 8,21; Mc 3,35), su auténtica grandeza como Madre (Lc 1,45; 11,28), y que para todos constituye el secreto de la vitalidad y fecundidad espiritual, dado que «todo» nace y crece de la «Palabra de Dios viva y eterna» (l Pe 1,23; 2,2; Sal 33,9).
Para nosotros, aceptar a María así, como madre y modelo de vida, es un deber y una obligación al mismo tiempo. Significa compartir la elección del discípulo amado (Jn 19,27) y de la Iglesia naciente (Hch 1,14 ); elección sumamente benéfica, que salva y cristifica. Recordamos las palabras proféticas de Pablo VI: «Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos» (Homilía 24-4-70).

La familia de Jésus


La verdadera Iglesia

El apóstol Pedro